La luna estaba allí arriba, inmensa, luminosa y perfecta, dando la claridad necesaria para que no hubiese objetos extraños alrededor. El ambiente era el deseado, era todo por lo que había merecido la pena esperar. Maletero abierto, algunas cervezas vacías alrededor (la mitad de ellas, sin alcohol) y la música que suena dentro, sin molestar, sin armar revuelo, sin perturbar la calma, dejando que también llegue nítido el sonido de las copas de los árboles, acariciándose entre sí. Y cerca, más cerca, sólo se oyen susurros, risas y algún indignado juramento. La conversación va, viene, vuela, toca tierra, vuelve y se aleja. Es mágica y tranquilizadora como el sonido de las olas del mar.
Una reflexión llega al punto de no retorno. De pronto el discurso discurre ajeno a los labios que le dan vida, perdido, siguiendo sólo el surco que le ha marcado el pensamiento, sin barreras que impidan reflejar con palabras lo que es, lo que siente, lo que necesita. Va, viene, vuela, toca tierra. Vuelve y se aleja. Se deja embriagar.
Sin pensar, dejando que todo fluyera, continuando naturalmente el hilo de sus pensamientos, dándole conclusión a todo un maremágnum de líneas y huellas, con los ojos muy abiertos, de par en par, pregunta. ¿Cómo es posible que seamos capaces de engañarnos tanto, y que encima nos guste? Hubo tres minutos de silencio, en los que cada cual se sumió en su propio mundo. No se veían la cara. Una encajada en el maletero, cerveza entre las rodillas, mirando las estrellas.
Otra, terminando de atender la llamada de la Naturaleza, había recogido una a una las palabras que se habían perdido en la noche. Callada, con los últimos segundos de silencio en sus manos, consciente y lúcida de pronto, terminó de vestirse, colocando cada pliegue de ropa en su sitio, esforzándose en no dejar fisuras por las que penetrara el frío helado de la noche.
-Le has dao'-dice, silencio-. Eso es -se encoje de hombros y, aún pensativa, bebe un largo trago de cerveza hasta que se le termina.
Y su amiga, cerveza entre las piernas, encajada en el maletero, con los pies colgando y mirando hacia abajo, permanecía trabada en el nudo que se había formado a su alrededor. Cuando se sentó junto a ella, le pasó otra cerveza.
-Tienes que escribir esto -dijo cogiendo un cigarro.
-Lo sé -silencio-, pero he de encontrar una forma elegante de contar que filosofábamos en mitad de la nada, en mitad de la noche, y llegamos a la conclusión mientras te subías las bragas, bombón.



2 observaciones:
Jajajajaja, de mayores vais a tener historietas de pastoreo que contar a vuestros nietos a cascoporro.
Un besito ;)
Así fue...
Me ha gustado mucho, bombón ;)
Ains...^^
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